El cambio climático global y las elecciones en Estados Unidos

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Por Alieto Aldo Guadagni (Academia Argentina de Ciencias del Ambiente)

Los cambios climáticos están ocurriendo en este siglo XXI más rápido de lo previsto, por eso es una buena noticia que aún es posible un desarrollo económico que en el futuro sea ambientalmente sustentable. La pandemia que está azotando a la humanidad incidió negativamente en las negociaciones internacionales sobre el cambio climático, ya que obligó a postergar la reunión anual COP26 de Naciones Unidas hasta noviembre de 2021. Se esperaba que en esta cumbre entre todas las naciones se pudieran definir los consensos definitivos para impulsar globalmente una acción climática ambiciosa; pero esto no implica que las naciones deban postergar sus propios esfuerzos tendientes a reducir las emisiones contaminantes.

El “Panel Intergubernamental del Cambio Climático”, convocado por Naciones Unidas, señala que reducir las actuales emisiones anuales de 40 gigatoneladas de CO2 a cero en el 2040 es esencial para cumplir el objetivo del Acuerdo de París de limitar el aumento de la temperatura mundial entre 1.5°C a 2°C, y así evitar las previstas consecuencias devastadoras para el planeta. Para poder cumplir esta meta se necesitan compromisos de todos los países que sean ambiciosos y apunten a la descarbonización de las economías, particularmente en el área energética. Así lo está señalando el Fondo Monetario Internacional cuando expresa que “Descarbonizar, o llegar a cero emisiones netas de carbono, significa reducir a niveles cercanos a cero las emisiones de carbono de combustibles fósiles, deforestación, procesos industriales y además compensar las emisiones restantes mediante la reforestación y restauración de otros ecosistemas con alto contenido de carbono”.

Esto requiere que las nuevas inversiones, no solo las energéticas sino también las de todos los sectores productivos, sean bajas en carbono y orientadas a la reducción de las emisiones por ejemplo en el sector eléctrico aprovechar las energías renovables, que ya son más baratas que las alternativas de combustibles fósiles en casi todo el mundo. Son muchas las áreas donde se pueden reducir las emisiones, como indica el FMI se pueden utilizar vehículos y otras tecnologías eléctricas para aprovechar al máximo una electricidad descarbonizada, reducir las emisiones en sectores como el transporte camionero, ferroviario y aéreo. También es importante una nueva planificación urbana para reducir las distancias y tiempos entre actividades; el desarrollo de un transporte público eficiente, e iniciativas que favorezcan actividades locales y el teletrabajo. Aun así, la movilidad individual motorizada no va a desaparecer, lo cual hace necesario un cambio tecnológico hacia autos con mínimas emisiones.

Fijar un precio al carbono puede ser parte de la solución. Los precios al carbono pueden enviar una señal a las empresas y consumidores para que modifiquen sus patrones de producción y consumo. Además, poner un precio a la contaminación puede ser una fuente importante de ingresos públicos. Según el FMI en el año 2019, los gobiernos a nivel mundial recaudaron US $45 mil millones de esta manera. Estos ingresos se pueden utilizar para apoyar la protección social u otros objetivos de desarrollo respetando el medio ambiente. Dado que el precio al carbono también puede aumentar los precios de los productos (como electricidad y gas), una parte de los ingresos se puede utilizar para abordar cualquier potencial impacto distributivo negativo, especialmente en personas y hogares de bajos ingresos. México, Chile y Colombia ya están utilizando el precio al carbono como parte de una estrategia más amplia para descarbonizar sus economías.

El negacionismo climático de gobiernos y grupos empresariales que defienden sus intereses es funcional al agravamiento de esta externalidad negativa, afectando grupos vulnerables del propio país, de otros países y de las futuras generaciones. La aspiración de los contaminantes de eludir la carga de la externalidad negativa del cambio climático complica la negociación en el ámbito de las Naciones Unidas. Esta externalidad global pone en riesgo el clima, que es un bien público global, por esta razón el reconocimiento o la negación de esta importante externalidad es crucial en la política energética.

El BID acaba de establecer un nuevo marco de política ambiental y social. Esta política va más allá de medir y reducir las emisiones para tratar de evitarlas. También incorpora una lista de exclusión que limita el financiamiento de combustibles fósiles por parte del BID para poder así reflejar los compromisos de los países con el Acuerdo de París. Además, la nueva política requiere evaluar el cambio climático y los riesgos de desastres y aplicar un método para la gestión de riesgos que asegure que los proyectos sean resilientes. Los bancos de desarrollo pueden ayudar a los países a garantizar una planificación a largo plazo para la descarbonización y adaptación. Esta planificación exige la priorización de aquellos proyectos de inversión que sean ambientalmente sustentables.

Al actual ritmo de aumento de las emisiones cruzaríamos el límite crítico de 450 ppm en la próxima década. Naciones Unidas advirtió en la reciente Asamblea General que “el mundo está ardiendo y es urgente revertir el curso del cambio climático”, convocando a la acción para combatir el calentamiento global en un evento de líderes mundiales el 12 de diciembre, a cinco años de la firma del Acuerdo de París, reconociendo que la última década fue la más calurosa registrada y que las concentraciones de gases de efecto invernadero han seguido aumentando. El mundo está lejos de los objetivos que se propuso hace cinco años en París y aún no hemos logrado acordar eficaces políticas internacionales.

Además, el hecho de que China desde hace décadas esté creciendo más que Estados Unidos tiene un importante impacto en el panorama energético mundial. En 1980 el consumo total de energía era en los Estados Unidos más de cuatro veces mayor al de China. Hoy la situación es diferente: el país asiático lo supera en un 50 por ciento. Por todo esto no debe sorprender que este liderazgo chino también abarque las emisiones contaminantes de CO2 asociadas con el consumo de energía. En 1980 el principal contaminador global era Estados Unidos, con emisiones que entonces representaba más del triple que las chinas. Ahora el mapa de la contaminación global es distinto al del siglo pasado por el cambio en el liderazgo económico, ya que China está emitiendo actualmente el doble de CO2 que los Estados Unidos. Estos dos países representan hoy un tercio de las emisiones mundiales de origen energético. La misma magnitud que en 1980, pero cambió el liderazgo contaminador.

Es hora que nuestra generación asuma su responsabilidad, ya que somos la última que podrá evitar a tiempo el calentamiento global, por eso las recientes elecciones en Estados Unidos han sido importantes para toda la humanidad. Recordemos que cuando el republicano Bush (h) asumió la presidencia en el 2001 negó la ratificación del Protocolo de Kyoto y cuando asumió Trump (2016) decidió el retiro de los compromisos del Acuerdo de París (2015) y además anuló las medidas adoptadas por Obama (Partido Demócrata) para abatir las emisiones contaminantes. Joe Biden, actual candidato demócrata a la presidencia declaró que el cambio climático es el “problema número uno que enfrenta la humanidad” y se comprometió a liderar una transición nacional de los combustibles fósiles a la energía renovable.

Sin un claro compromiso político de China y Estados Unidos para liderar el tránsito hacia un mundo con energías limpias, no se podrán cumplir las metas ambientales del Acuerdo de París. Por esta razón las elecciones presidenciales en los Estados Unidos fueron decisivas para la preservación de nuestra casa común, ya que el candidato Trump no tenía en su agenda política cumplir estas metas. Hay que actuar en los próximos años sin las demoras que hemos tenido en el pasado, con acuerdos efectivos entre todas las naciones, que deberán asumir la responsabilidad común pero diferenciada, teniendo en cuenta la gran desigualdad en las emisiones por habitante.